martes, 17 de noviembre de 2015

Episodio 15: Sobre las idas sin venidas.


Váyase usted señora allá donde el destino la lleve, ese que la hizo venir junto a mi vera, y ese que la arranca ahora lejos de mi lado. Vaya usted señora, a donde le plazca, pero hágame el favor, y siga el camino que le marquen las estrellas.
Vaya usted ahora, en busca de sus sueños, que podrá entender que no son los mismos que los míos, y vaya, y vaya sin parar, sin detenerse y sin mirar que deja atrás, no sea que lo que deja, la haga desandar lo andado.
Vaya en busca de nuevos horizontes, de nuevas aventuras, de nuevas amistades. Vaya usted  en  busca de otras luces, de otros colores luminosos, de otros bosques encantados, abarrotados de Gnomos, Hadas, y Princesas, y de las sutiles mariposas que habitan los abdómenes de los enamorados.
Y vaya usted corriendo, y no me pierda el aliento en la carrera, ni me extravíe de paso la cordura, no quiera la mala suerte, que me fuese usted a confundir el norte, y de paso su destino.
Vaya, vaya; sin pérdida de tiempo. No se me pare a recoger las flores del camino, ni a escuchar el canto de los pájaros. No se me detenga a beber en arroyos de agua clara, ni se me tumbe a descansar a la sombra de los pinos, no sea mujer que se me duerma, y que al despertar no sepa a donde iba.
Vaya envuelta por la niebla matutina, o escondida tras la oscuridad nocturna, esa que mantuvo su rostro tanto tiempo a salvo de las impertinentes miradas escrutantes.
Vaya usted sin despedirse, vaya usted sin preguntarme, vaya usted sin recordarme, pero ciérreme la puerta tras de si cuando se valla, para que no la acompañe la soledad en que me deja, y cuando llegue, cierre también la nueva puerta para que no me oiga llamarla llorando como un niño.
Vaya con Dios amiga mía, pero vaya donde vaya, sepa usted, en confianza, que siempre, siempre, aunque no quiera, me llevará consigo.

lunes, 26 de octubre de 2015

Episodio 14: Sobre las Segundas Partes.



No se como supiste que la locura iba socavando mi agónica existencia, y tampoco sé cómo llegaste hasta mí para ayudarme a restañar las profundas heridas que me había causado el desatino, enjugar mis lágrimas, olvidar el pasado y apacentar mi desbocado corazón.
Solo sé que entraste de nuevo en mi vida, ventilando el enrarecido ambiente que me asfixiaba, Iluminando la oscuridad que envolvía mi patética soledad, y rompiendo las pesadas cadenas que me tenían unido a la mentira, subyugado a la amargura y amarrado a la desesperación.
Y con tu vuelta llenaste una vez más mi casa de alegría, y la música volvió a oírse fuerte y clara entre los gruesos muros que me aislaban del resto de las gentes; y se abrieron de par en par todas mis ventanas, para que entrasen los aromas de aire fresco del jardín, que pronto empezaría a florecer con tu presencia. Y con los nuevos aires, regresaron fuertes y sonoros los trinos de los pájaros, el rumoroso ruido de las copas de los pinos movidos por el frío viento del oeste, y el monótono zumbido de cientos de abejas laboriosas, dispuestas a hacerme con su miel, más dulces mis inapetentes días y mis eternas noches.
Y a partir de ese momento empecé a confiar en el destino, y a tener paciencia; a saber esperar a que mis cosas volvieran a encontrar su sitio entre tus cosas, conviniendo contigo, que muchas veces uno mas uno no siempre daba dos, que en ocasiones el total era de tres o cuatro ¡Pobre Pitágoras!
Y me hablaste después sobre el principio de prudencia, sobre tener la boca quieta; y me ilustraste en cómo escuchar con atención las voces que a pesar de hablar bajito, sabían  decir casi siempre, tantas cosas.
Y aprendí  a leer entre las líneas retorcidas de la vida, y supe por ti que éste mundo estaba lleno de verdades a medias, y que la historia se escribía en ocasiones con tintas invisibles y con plumas con plumines desgastados.
Después, vimos como el Sol comenzaba a brillar de nuevo, si cabe, con mas fuerza; y la luna empezaba a menguar hasta convertirse en lecho desde el que abrazados, y con las almas juntas y la piel desnuda, contemplar una inmensa alfombra de brillantes estrellas, centelleando a nuestros pies.
Entonces acordamos sobre lo sencillo de la convivencia, sobre como pasarle la garlopa a los desmedidos sentimientos, sobre como limar las asperezas y como encajar colas de milano que aguantasen con firmeza los tirones de la incomprensión, y soportasen el paso del tiempo y el desgaste de los años.
Descubrimos también juntos, que no había dos sin tres, que a la tercera podía ir en ocasiones la vencida, y que no era cierto que segundas partes nunca fueran buenas.
Y en esas estamos, amor mío.
 

 

viernes, 7 de agosto de 2015

Episodio 13: Sobre las Puertas del Cielo.




Cuando he ido a darte el beso de las buenas noches ya te habías dormido, estabas lujuriosamente tumbada boca a bajo abrazada a la almohada y con una cara como de no haber roto en tu vida un plato.
Como en un suspiro te he deseado feliz noche y he rozado con mis labios tu mejilla y entonces te has girado lentamente, y como sonámbula me has dicho: Yo también te quiero. Después te has dado la vuelta y has seguido durmiendo.
Me he sentado al borde de la cama, y con la tenue luz que da la lámpara de la mesita, me he dedicado a espiarte con la lascivia propia de un voyeur maduro.
Me gusta observar tu cuerpo desnudo: Voluptuosamente desgarbado. Como el de una chiquilla que aún está creciendo.
Y también  me gusta mirar esos hoyitos que se te forman donde termina la espalda y comienza la parte más deseable de tu anatomía.
Por cierto, has vuelto de Galicia algo más gordita, -cosa que celebro-. Te prometo que lo mantendré en secreto y me haré el sorprendido cuando te pongas a despotricar en contra de la báscula.
Ahora en el silencio de la noche oigo tu respiración acompasada, acompañada de un coro de grillos y de ranas; y entonces la paz me envuelve, y volviendo a contemplar tu cuerpo, el deseo me invade.
Las cortinas de la habitación han tomado vida propia por el viento del oeste, y las empuja, y trata de arrancarlas de la galería. Noto que sientes el frío que entra por la ventana, y la cierro, y te tapo, y te arrebujas bajo las sábanas, y noto que me buscas y que no me encuentras, y que al no encontrarme me llamas muy bajito, como en un susurro y lentamente, muy lentamente, me dejo caer junto a tu lado; y después me abrazas, y después te abrazo, y después, de nuevo, te quedas dormida.
El viento del oeste ahora golpea con insistencia contra el ventanal cerrado. A lo lejos se oye de vez en cuando el canto desgarrador  de una lechuza. La luz de la luna llena, se va apagando entre los negros nubarrones que van invadiendo el cielo, y  más allá de El Alto de la Mora, por Navalespino, el eco de los truenos amenaza con tormenta.
Poco a poco me invade el sueño entre tus brazos, mientras pienso lo agradable que es pasear por la vida cogido de tu mano, aunque sean trayectos cortos, y solo de vez en cuando. ¡Si supieses cuanto tiempo estuve llamando a las puertas del cielo hasta que tu me las abriste!
Mañana, cuando te vayas y me dejes otra vez solo, gritare con tanta desesperación tu nombre, que se me desgarrará de nuevo el corazón y la sangre brotará una vez más de mi garganta a borbotones.
 

jueves, 9 de julio de 2015

Episodio 12: Sobre las noches con Jack Daniel.




Estoy en esa hora bruja, en la que el silencio puede con el ruido. Tan solo se oye el croar de las ranas del estanque del vivero que hay detrás de casa, y de vez en cuando al Horco, ladrando sin mucho afán quizás a algún gato que se ha aventurado a entrar en el jardín.
Me he puesto un “Silver Select” de Jack Daniel, con tres piedras de hielo, y me fijo en que está casi vacía la botella ¡Hay que ver que poco cunde la jodida, con lo que cuesta!
De fondo, bajito, suena “Money” de Pink Floid, que me recuerda que mañana debo de ir al banco a por dinero.
Las polillas han comenzado a entrar por la ventana y se arremolinan volando alrededor de la lamparita que tengo encima de la mesa camilla.
Recuerdo, que hubo una época, no hace tanto, en la que al igual que ellas, me dediqué a volar circundando la luz de una estrellita, y que tan cerca estuve, que casi se me quemaron las alas.
Hoy, por cierto, he rescatado de la papelera un certificado de amor que caducó hace algún tiempo, y que no se renovó por falta de acuerdo entre las partes.
Me sigo acordando, y mucho, del tabaco, a pesar de que hace mas de diez años que dejé el vicio. Ahora sería uno de esos momentos en los que me encendería un cigarrillo, porque me encuentro inquieto. Me suele ocurrir cuando barrunto algún viaje. Tengo ganas de volver por La Coruña.
Paseo a oscuras como un sonámbulo por la casa, con el baso de bourbon en la mano, haciendo girar los hielos y produciendo ese cling, cling tan característico cuando golpean contra la frontera infranqueable del frío vidrio.
Y comienzo a darle vueltas a las cosas, y no dejo de preguntarme: ¿Por qué las llamabas tardes de sexo a las horas que pasábamos en tu trastienda, arrebujados bajo el grueso edredón de plumas del Ikea, tumbados en aquel destartalado sofá rojo, oyendo “If I Could Change your Mind” de Alan Parsons, bebiéndonos la letra, devorándonos los cuerpos, mientras me susurrabas al oído, de vez en cuando; cuanto, cuanto me querías?
Y pensando en otras cosas, y como la vigilia es larga, ahora me vienen a la mente, tantas y tantas noches que pasamos frente a frente, hablando sobre cosas banales que elevábamos a la categoría de trascendentes a fuerza de discutir y discutir sin pausa; hasta que la primera de las Parcas vino a buscarte con la forma del cuarto signo del zodiaco ¿Verdad amigo Alfonso? ¡Cagüen diez qué mala suerte!
El ligero fresco del relente trae olor a madreselva y me recuerda que ando por el jardín en cueros. Un profundo bostezo me invita a ponerme en los brazos de Morfeo. Y se me antoja que con un poco de suerte amanecerá mañana, y que también con un poco de suerte, me tocará vivir un nuevo día.

 

martes, 30 de junio de 2015

Episodio 11: Sobre como me gusta tu ropa.


Cansado ya de dar vueltas y vueltas sobre la cama, a punto de estallarme la cabeza de escuchar el insufrible paso de las horas con ese metálico y machacante tic-tac, tic-tac que no cesa, y medio secos los ojos por haberlos tenido tanto tiempo fijos en el techo, he decidido levantarme.
He calentado un poco de leche que he teñido con café soluble, y a falta de algo mejor que hacer me he puesto a pensar en ti:
He recordado cuando sentado en la silla de enea que compré en el Rastro, y que nunca terminé de barnizar, llevando puesto el sombrero cordobés que me regaló mi padre, y del que tanto te reías porque me quedaba pequeño, solicité tu atención llamándote por tu nombre, y después te canté esos versos de Rafael De León que aprendí de niño:

[...]
Yo de vestíos no entiendo,
 pero... ¿te gusta de veras
 ese que te estás poniendo?
 Tan fino, tan transparente,
 tan escaso y tan ceñío,
 que a lo mejor por la calle
 te vas a morir de frío.

 Te sienta que eres un cromo,
 pero cámbiate de ropa,
 si es un instante, lo justo
 mientras me tomo esta copa.
 Ponte el de cuello cerrao
 que te está de maravilla
 y que te llega dos cuartas
 por bajo de la rodilla.
[...]

Y recuerdo que en lo que te cambiabas de ropa, y entre vestido y vestido que te me fuiste probando, hubo fiesta en la cocina; y corrió el blanco de Rueda de la botella a la copa, y de la copa a tu boca, y de tu boca a la mía donde brotaron mil besos que me supieron a gloria. Y entonces crujió la silla, y el sudor mojó tu cuerpo y mis brazos te estrujaron hasta que te reventé en mi pecho.
Ahora que el día se anuncia por el cerro Calamocho tiñendo de rojo el cielo, y mientras escucho los últimos compases de “Moon River” ¡qué sueño que me está entrando! Un sueño que me ablanda todo el cuerpo, un sueño un tanto sereno, un sueño como de muerte.

 

 

miércoles, 17 de junio de 2015

Episodio 10: Sobre los labios y los besos olvidados.


Y yo puse aquella tarde fría y plomiza del otoño de aquel año mis labios en los suyos, mientras sonaba aquella canción que nos acompaño toda una vida.
Recuerdo que después la pregunté si fue el primero, y entonces me contestó mirándome desde la profundidad de aquellos ojos negros, almendrados y brillantes, que para una mujer el último beso siempre era el primero.
Y después, me pase media vida dándola besos y otra media vida recordándolos, y se los tuve que dar en otros labios, y se los di, de todas las formas y maneras, y en otras tantas bocas bebí de ella, y en otros tantos cuerpos recordé su reciente estrenada pubertad de aquel otoño que empezó a ser mujer entre mis brazos.
Y ahora se me vienen a la mente aquellos versos que cantó el ilustre poeta Gaditano Rafael Alberti.

“Huele a sangre mezclada con espliego,
Venida entre un olor de resplandores.
A sangre huelen las quemadas flores
Y a súbito ciprés de sangre el fuego.
Del aire baja un repentino riego
De astro y sangre resueltos en olores,
Y un tornado de aromas y colores
Al mundo deja por la sangre ciego.
Fría y enferma y sin dormir y aullando,
Desatada la fiebre va saltando,
Como un temblor, por las terrazas solas.
Coagulada la luna en la cornisa,
Mira la adolescente sin camisa
Poblársele las ingles de amapolas”. 

Y ahora, de no juntar mis labios con sus labios, la fuente de los besos se me está secando, y el recuerdo de su fresca pubertad de niña y luego de mujer se me está yendo poco a poco de la mente.
Y hoy sé que los besos que no se dan, o que se guardan, o que se olvidan, terminan por llenar el alma de tristeza. 

viernes, 29 de mayo de 2015

Episodio 9: Sobre los fantasmas del pasado


Y ¿Cómo pudiste rodearte de pechás de insustanciales personajes, buscadores de coplas, del ole tú y de la pandereta; o de ignominiosos charlatanes solidarios del corta y pega?
Tú, que quisiste ser el vivo exponente de lo mejor de cada casa, y que llevaste a gala tu intención por las honorables actitudes, ¿Por qué te afanas en mendigar falsos afectos, reconocimientos y amistades?
¿Por qué, quizás sintiendo un descabellado despecho te prodigaste en el servil arte de la seducción a cualquier precio, incluso con la disposición de perder el preciado valor de la dignidad de mujer, parapetándote tras el derecho a la feminidad, en contra del pensamiento que tanto defendiste, entre otras de Virginia Despentes: "La feminidad es el arte de ser servil. Podemos llamarlo seducción y hacer de ello un asunto de glamour. Pero en pocos casos se trata de un deporte de alto nivel. En general, se trata simplemente de acostumbrarse a comportarse como alguien inferior"?
¿Qué pretendes demostrar o demostrarte con tus años? ¿Qué vives tu segunda pubertad?
¿Por qué ahora me pides que borre tu imagen y tu nombre? ¿De donde?
¿Quizás te refieras a esa imagen colgada en tu portada, de vulpes arrebujadas y asustadas guardando la entrada de su virtual zorrera? Pero esa imagen, como sabes, yo no puedo hacerla desaparecer, porque solo es tuya. Yo no he sido el autor de esa instantánea, y nunca he tenido acceso a ese fichero.
Y si te refieres a que no vuelva a crearte mundos de la nada, a inventarme pasados,  a proyectar futuros y a construir historias comunes, ¿Recuerdas? Pues puedes estar tranquila, ya no soy capaz de hacer tal magia. Esa virtud la perdí cuando me comenzó a desaparecer poco a poco el amor, la entrega y la pasión, y se me fue pegando al alma la mentira, la sinrazón y la locura.
Convendrás conmigo en que los fantasmas del pasado no siempre son como los recordamos; a veces vienen arrastrando pesadas cadenas, con las que tratan de envolvernos para intentar arruinarnos el futuro.

lunes, 25 de mayo de 2015

Episodio 8: Sobre la fruta fresca.


Anoche volví a encontrar unos pies que calentar entre los míos y  volví, bajo las sábanas  a entrelazar mis piernas con las suyas: Tan suaves.
Anoche, también volví a abrazar su cuerpo fibroso y delicado; y a sentir sus electrizantes convulsiones y temblores.
Y esta mañana me levante temprano a buscar fruta a la nevera; y la puse en trozos pequeños en un plato y después en su boca, mientras besaba sus ojos aun cerrados por el sueño.
Entonces, se incorporó y se estiró señalando el cielo raso con sus manos, y con pereza se apoyó en el cabecero sujeto a la pared con dos escarpias, y yo en su vientre deposite mi frente; y mientras sentía el húmedo retumbar de su pulso y el sabor salado de su piel, ella cogió un libro que tenía encima de la pequeña mesita que hay al lado de la cama, y me leyó estos versos de Gioconda Belli:

“Déjame que esparza
 manzanas en tu sexo
 néctares de mango
 carne de fresas;
Tu cuerpo son todas las frutas.
 Te abrazo y corren las mandarinas;
 te beso y todas las uvas sueltan
 el vino oculto de su corazón
 sobre mi boca.
Mi lengua siente en tus brazos
 el zumo dulce de las naranjas
 y en tus piernas el promegranate
 esconde sus semillas incitantes.
Déjame que coseche los frutos de agua
 que sudan en tus poros:
 Mi hombre de limones y duraznos,
 dame a beber fuentes de melocotones y bananos
 racimos de cerezas.
Tu cuerpo es el paraíso perdido
 del que nunca jamás ningún Dios
 podrá expulsarme”.

Luego se nos inundó el alma de deseo, y miles de emociones nos llegaron juntas, y se nos aflojó el cuerpo, y seguí, no sé por cuanto tiempo sujeto a su cintura; mi pecho junto a su espalda, dejando correr los minutos y las horas.
Y volvimos a dormirnos; y nos despertó ya entrada la tarde el estridente trino de los pájaros, y el monótono ladrido de los perros.

 

 

 

 

sábado, 9 de mayo de 2015

Episodio 7: Sobre lechones y marranos.


La señorita Carolina, fue mi profesora de Historia del Arte, cuando hice COU. Era una mujer extremadamente inteligente, que dirigía unas excavaciones arqueológicas de una villa romana en un pueblo de la provincia de Guadalajara.
Impenitente fumadora de Bisonte –tabaco rubio, destrozapulmones, sin boquilla, muy popular desde la segunda mitad del siglo pasado-, que encendía uno detrás de otro, con la colilla sin apagar del anterior cigarrillo que aún no había terminado.
Aparte de impartir su asignatura, dábamos paseos por la filosofía, la historia, la política, la ciencia, el sexo...
A pesar de que nada más empezar el curso nos advirtió que su asignatura se aprobaría con tan solo asistir a todas sus clases, había que cumplir con el programa, por lo que debíamos pasar por las evaluaciones trimestrales.
Yo disfrutaba con esos exámenes, no tan solo por lo irrelevante de la prueba, sino por que en ocasiones copiaba directamente del libro.
-Has copiado. -Me dijo en una ocasión.
-No me fastidie. ¿Cómo puede saberlo si estuvo todo el examen leyendo el periódico?
-¡No seas Ignorante! –Contestó- Más sabe el diablo por diablo que por viejo.
-Querrá decir lo contrario –respondí.
-No, en absoluto. La edad solo perfecciona al ser humano en lo que ya es: En su bondad, en su inteligencia, y por supuesto en su estupidez. Un idiota, al envejecer, solo se hace más idiota.  -Escucha– y comenzó a narrar:

Un viejo que vivía cerca de un lago,
Después de mucho tiempo, decidió ir a visitarlo.
Cogió un cesto para aprovechar el paseo y recoger algunas frutas por el camino.
Al aproximarse al lago, escuchó voces animadas.
Vio un grupo de mujeres bañándose, completamente desnudas,
que al advertir su presencia, se fueron hacia la parte más profunda del lago,
manteniendo solamente la cabeza fuera del agua.
Una de las mujeres gritó:
-¡No saldremos mientras usted no se aleje!
Entonces el viejo respondió:
-¡Yo no he venido hasta aquí para verlas nadar o salir desnudas del lago!
Levantando el cesto y diciéndoles:
-Estoy aquí para dar de comer al cocodrilo...

-A este viejo, la astucia no le vino con los años –hizo una pausa, mientas se encendía un cigarrillo- en todo caso, con los años pudo perfeccionar su don. También el necio, con el paso de los años puede ir puliendo su estupidez, o el imprudente hacerse un poco más reflexivo, pero nunca dejarán de ser lo que son.
-Entonces, ¿quiere decir que estamos atados al destino, que no podemos modificarlo?–Pregunté.
-Lo que quiero decir, es que quien nace lechón, muere marrano.
Exhaló una profunda bocanada del rubio sin boquilla, me miró sonriente, y en ese momento sonó el timbre que anunciaba el final de la clase.
No volvimos a hablar sobre el tema en lo que quedó de curso, y acabadas las clases, no volví a saber nada de la Señorita Carolina.
Supe por compañeros de aquel año, que siguió con su actividad lectiva, y continuó por muchos años al frente de la excavación, y que escribió varios libros y múltiples ensayos, y continuó cautivando a generaciones de jóvenes estudiantes, y posiblemente siguió fumado aquel tabaco, con ambiciones americanas fabricado en Tarragona.
Aún hoy día sigo sin tener claro de donde le viene la sabiduría al diablo.
Con estos pensamientos, no trato de polemizar con nadie, ni generar ningún tipo de conflicto ni debate.
Incluso, el paso del tiempo, ha podido influir en mi memoria, adulterando mis recuerdos y confundiendo la realidad de los hechos acaecidos hace tantos años.

 

sábado, 18 de abril de 2015

Episodio 6: Sobre el pan con mantequilla.


Hace unos días una amiga de Google publicaba  el  poema del gran poeta uruguayo Mario Benedetti “Como hacerte saber”, que me hizo recordar.
Ayer, alguien desde el bloqueo y la cuarentena donde uno se parapeta y se protege, me hizo llegar otros versos de Don Mario, que evocaron otros días en los que pasábamos el tiempo fundiendo nuestras almas, como se funde la mantequilla sobre el pan caliente.
En aquellas noches de verano, desnudos, tumbados en la terraza de mi casa, mirando las estrellas y contando bólidos en las lluvias de Perseidas, por la festividad de San Lorenzo, me gustaba decirle al oído, cuando aún no dormía estos versos; y entonces ocurría la magia y se detenía el tiempo: 

Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.
Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan.
Una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo.
Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte. 

Después, por culpa del desatino, el ejercicio de elegir  y la locura, el tiempo comenzó a correr de nuevo, y dejé de preguntarme como se preguntó el poeta: “¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo? Que uno tiene que buscarlo y dárselo...
Porqué me di cuenta de que el pan se vuelve duro con el tiempo, y la mantequilla en la nevera, también se pone dura con el tiempo, y no se funde; y las almas, de no fundirse, con el tiempo se vuelven volanderas; y a las estrellas, por no mirarlas, acaba tapándolas la niebla; y seguro que en agosto, después de tanto tiempo, hará frío para estar desnudo, contigo, por la noche en mi terraza.

 

 

lunes, 30 de marzo de 2015

Episodio 5: Sobre la melancolía y otros sentimientos.


El otro día discutía con un amigo, joven psicólogo con mucho futuro, acerca de una afirmación que hacía en su página de facebook: “A veces, es difícil ver la diferencia entre melancolía y desesperación” a propósito de una escena de la película “12 años de esclavitud”, en la que se muestra a una esclava maltratada y ultrajada pidiendo al protagonista que la ayude a terminar con su vida. Este, la pregunta que como puede estar tan desesperada, y ella le argumenta que es melancolía.
A veces, cuando pienso en mi padre, me invade la melancolía, esa que define la RAE como: “Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.” Otras veces, mis sentimientos son nostálgicos, definidos por la misma Institución como: “Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.” De tal manera, podría afirmar que a tenor de ambas definiciones, y sin entrar en juegos de palabras, en ocasiones mis sentimientos hacia mi padre, son de melancólica nostalgia, o de nostálgica melancolía.
Y con ese sentimiento recuerdo mi época de jovial preadolescencia, cuando mi padre comenzó a regalarme libros de aventuras de Emilio Salgari, Herman Melville, Daniel Defoe y Julio Verne, y posteriormente, ya mas mayor, de Pío Baroja y de Mika Waltari; de este último, su novela histórica “Sinuhé el Egipcio”.
De esta obra recuerdo, como en ocasiones, mi padre, me leía dos párrafos, que tenía subrayados con lápiz rojo. Yo le preguntaba que porqué siempre eran los mismos, y él me contestaba mirándome a los ojos y esbozando una particular sonrisa: “No preguntes por saber que el tiempo te lo dirá”.
Hoy, con el paso de los años  y la mayor o menor sabiduría que me ha dado la experiencia de lo que llevo vivido, estoy empezando a comprender lo que me quería decir con aquellas lecturas, que a continuación reproduzco:

“Yo, Sinuhé, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemi, porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque estoy cansado de sus actos. Escribo para mí solo. No para halagar a los dioses, no para halagar a los reyes, ni por miedo al porvenir ni por esperanza. Porque durante mi vida he sufrido tantas pruebas y pérdidas que el vano temor no puede atormentarme y cansado estoy de la esperanza en la inmortalidad como lo estoy de los dioses y de los reyes. Es, pues, para mí solo para quien escribo, y sobre este punto creo diferenciarme de todos los escritores pasados o futuros.”

"Todo vuelve a empezar y nada hay nuevo bajo el sol; el hombre no cambia aun cuando cambien sus hábitos y las palabras de su lengua. Los hombres revolotean alrededor de la mentira como las moscas alrededor de un panal de miel, y las palabras del narrador embalsaman, como el incienso, pese a que esté en cuclillas sobre el estiércol en la esquina de la calle; pero los hombres rehuyen la verdad. Yo, Sinuhé, hijo de Senmut, en mis días de vejez y de decepción estoy hastiado de la mentira. Por esto escribo para mí solo lo que he visto con mis propios ojos o comprobado como verdad. En esto me diferencio de cuantos han vivido antes que yo o vivirán después de mí. Porque el hombre que escribe y, más aún, el que hace grabar su nombre y sus actos sobre la piedra, vive con la esperanza de que sus palabras serán leídas y que la posteridad glorificará sus actos y su cordura. Pero nada hay que elogiar en mis palabras; mis actos son indignos de elogio, mi ciencia es amarga para el corazón y no complace a nadie. Los niños no escribirán mis frases sobre la tablilla de arcilla para ejercitarse en la escritura. Los hombres no repetirán mis palabras para enriquecerse con mi saber, Porque he renunciado a toda esperanza de ser jamás leído o comprendido. En su maldad, el hombre es más cruel y más endurecido que el cocodrilo del río. Su corazón es más duro que la piedra. Su vanidad, más ligera que el polvo de los caminos. Sumérgelo en el río; una vez secas sus vestiduras será el mismo de antes. Sumérgelo en el dolor y la decepción; cuando salga será el mismo de antes. He visto muchos cataclismos en mi vida, pero todo está como antes y el hombre no ha cambiado. Hay también gentes que dicen que lo que ocurre nunca es semejante a lo que ocurrió; pero esto no son más que vanas palabras.”

Con estos pensamientos, y la exposición de estos fragmentos, no trato de polemizar con nadie, ni generar ningún tipo de conflicto ni debate. Estas líneas son el reflejo de unos sentimientos, y por eso, por ser sentimientos, están lejos de ser discutibles.
Incluso, el paso del tiempo que todo lo borra y lo difumina, ha podido influir en mi memoria, adulterando mis recuerdos y confundiendo la realidad de los hechos acaecidos hace tantos años.
 
La Publicación de estos extractos, no pretenden ir en contra de los posibles copyright que puedan pertenecer a su autor,  y quedo a disposición del mismo para borrarlo de mi blog a su primer requerimiento.

 


 


 


 


 


 


 


 

miércoles, 25 de marzo de 2015

Episodio 4: Sobre los guisos de mi madre y otras cosas


Hoy ha amanecido un día gris, plomizo y triste. Al levantarme no estaba el Massi, que cada mañana me da los buenos días ronroneando entre mis piernas mientras le sirvo el pienso en su escudilla. Casi ni he visto a los perros, ni he sentido sus ladridos esta noche. Empieza a nevar, y la soledad me invade y me embarga. No se oye un ruido en el vecindario.
Me arreglo mientras pienso: ¡hoy voy a guisar! –Las penas con pan son menos.
Hay una pierna de lechal en la nevera, y a falta de un par de pimientos verdes, Tengo de todo para el guiso.
Cojo el coche y me acerco al pueblo, a comprar en el Udaco la verdura que me falta, y después me paso por Román a tomarme un vino.
-¿Un riojita? -Me pregunta.
-Venga –le contesto-, y me obsequia con una tostá de bonito con pimiento rojo.
-¿Qué te debo?
-Lo de siempre. Uno con veinte. 

Mi madre cocinaba bien, pero poco. No le gustaba guisar. A decir verdad,  pocas cosas le gustaban, a parte de venerar a su madre –mi abuela- y a sus hermanos –mis tíos y mi tía- y no dejar de criticar a mi padre.
De los pocos guisos que nos hacia, la caldereta de cordero, con mucho destacaba. La “Pata”, como ella la llamaba.
Poco antes de morir, una tarde, sentados los dos a la mesa de camilla de su casa, se me quejó de que nunca le habíamos felicitado el plato.
-Mamá por Dios, ¿Cómo puedes decir eso? Siempre que nos guisabas cordero había fiesta en la cocina.
-Debe de ser hijo mío, pero ya no me acuerdo. ¡estoy tan vieja!
-Vieja no, mamá, mayor; solo mayor.
Y nos estuvimos riendo un rato largo recordando muchas cosas. ¡Que feliz se la veía!

La receta es bien sencilla: Yo la hago en olla rápida. Para cuatro personas es suficiente una pierna de lechal, partida a la mitad, que se sazona y se rehoga vuelta y vuelta en un par de cucharadas de aceite de oliva. Se añade un pimiento verde, dos zanahorias, una cebolla y dos tomates pelados, ¡ah! Y un par de dientes de ajos, y una hoja de laurel, todo en crudo. Se cubren los ingredientes con agua y se sazona. Se pone a fuego fuerte y cuando rompe a hervir, se cierra la olla, se baja un poco la lumbre y se tiene cociendo por veinticinco minutos o media hora. Pasado este tiempo se abre la olla, y el hueso se ha tenido que despegar de la carne, si no es así habrá que darle otro hervor. Cuando la carne esta suelta, se le añaden dos o tres patatas peladas y chascadas en trozos, se cierra de nuevo la olla y cuando comienza a salir vapor se la deja cocer por diez minutos.
Para terminar separo la carne y las patatas, quito los huesos, y paso por el chino lo que queda. Después, junto de nuevo todo y ya esta listo para recalentar y servir.
Yo me comeré la caldereta mañana, que me gusta de un día para otro. 

Para hoy tengo Musaka y pimientos rellenos que me preparó una amiga, que gusta de cuidarme y de hacerme compañía, mientras escuchamos de fondo a Nat King Cole.
 
Ha dejado de nevar, ha salido un poco el sol, lo justo para romper los negros nubarrones, y se ha comenzado a oír de nuevo el alegre trino de los pájaros, en esta tarde fría de primavera.   

sábado, 21 de marzo de 2015

Episodio 3: Sobre malas intenciones.





¿Cuántas veces al día, regalamos este adjetivo a nuestros semejantes?
¿Cuantas veces al día nuestros semejantes nos hacen sentirnos como el concepto que indica tan usada expresión?
Aplicamos o nos aplican tantas veces al día, de voz como de pensamiento este vocablo, que bien estaría saber algo sobre su procedencia.
Creo que el siguiente artículo publicado en ABC TECNOLOGÍA, nos puede aclarar algo sobre:

 

EL POSIBLE ORIGEN CASTIZO DE LA PALABRA “GILIPOLLAS”


 
BITACORAS.COM / MADRID
Día 01/07/2014 - 09.45h

“Una peculiar teoría apunta a la burla hacia un alto funcionario del siglo XVI como probable origen de este insulto.
Posiblemente gracias a su sonoridad, en los últimos años el adjetivo «gilipollas» se ha convertido en un insulto de uso muy extendido entre los españoles.
Según el Diccionario de la Real Academia Española, esta palabra es una vulgarización del adjetivo «gilí», término que designa a una persona tonta o lela y que procede del vocablo caló «jilí», cuyo significado es «inocente o cándido».
Sin embargo, el blog «Secretos de Madrid» nos desvela un posible origen mucho más castizo e interesante para esta peculiar palabra. De acuerdo con esta teoría, tenemos que retroceder hasta finales del siglo XVI, época en la que don Baltasar Gil Imón de la Mota ocupaba el cargo de fiscal del Consejo de Hacienda.
Según narran las crónicas de la época, Gil Imón aprovechaba su posición para acudir acompañado de sus dos hijas a todos los eventos y fiestas en los que se daba cita lo más granado de la sociedad madrileña. Su intención era encontrar en alguno de esos actos algún joven en edad casadera que pudiera emparejarse con sus descendientes.
El problema era que Fabiana y Feliciana, las hijas de este personaje, eran muy poco agraciadas físicamente, a lo que se sumaba que poseían una inteligencia muy poco desarrollada. Debido a las escasas dotes de las muchachas, los pretendientes no abundaban. Por ello, cada vez que el alto funcionario aparecía en una fiesta junto a sus hijas, las malas lenguas comenzaban a comentar entre sí «Ahí va de nuevo don Gil con sus pollas», palabra que era empleada en la época para referirse a las mujeres jóvenes.
De acuerdo con esta teoría, la asociación de ideas fue inevitable y, muy pronto, los personajes de la época más proclives a la sorna y el ingenio fundieron en un solo concepto la estupidez y las hijas del fiscal. Así, cuando se quería señalar que alguien parecía alelado o era corto de entendederas, se aludía a las «pollas» de don Gil Imón. De este modo, habría nacido la palabra «gilipollas» que conocemos hoy en día.
Aunque lo más probable es que este peculiar insulto posea la etimología que le atribuye la Real Academia Española, la historia de aquella pareja de hermanas poco agraciadas estética e intelectualmente sigue proporcionándole un origen mucho más romántico y acorde con el ingenio español.
A pesar de que no sabemos si finalmente consiguió el objetivo de casar a sus hijas, la figura de Gil Imón da nombre a una pequeña vía cercana a la Basílica de San Francisco el Grande de Madrid”.

Puedo jurar que cada mañana, cuando salgo a la calle a dedicarme a mis asuntos, procuro por todos los medios de que no traten de confundirme con alguna de las hijas de Don Gil Imón, y he de estar atento y en muchas ocasiones a la defensiva para lograrlo.
Por desgracia, he llegado al convencimiento, de que entre mis semejantes hay muchos aspirantes al cargo de fiscal del Consejo de Hacienda, que pretenden tomarme por lo que no soy.

 

 

La Publicación de este extracto, no pretende ir en contra de los posibles copyright que puedan pertenecer a su autor,  y quedo a disposición del mismo para borrarlo de mi blog a su primer requerimiento.

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 5 de marzo de 2015

Episodio 2: Sobre la autocompasión.


En estos últimos meses, mucho he leído y oído a cerca del Victimismo, sobre los procesos secesionistas catalanes o vascos, en los medios de comunicación, y en boca de políticos de todas las tendencias ideológicas.
No tenía del todo claro el significado de esa palabra, y buscando en Internet, encontré, hace poco, un artículo bastante esclarecedor publicado en el Blog de http://psicoreygabinetedepsicologia.com/.
Después de leerlo y meditar sobre su contenido, he llegado a la conclusión de que en muchas ocasiones, esa palabra también se puede aplicar a personas de nuestro entorno, que pretenden condicionar nuestro día a día.

Reproduzco a continuación su contenido: 

“Una personalidad victimista consiste en una tendencia psicológica, que puede llegar a desembocar en una conducta patológica como un trastorno paranoide, consistente en una propensión a culpar a otros de los males que uno padece (es decir, “yo soy una pobre victima”, “los demás no me entienden”, “a mí me tocan todos los marrones”, “no hay derecho”, “siempre me sucede a mí”, “qué mala suerte tengo”, etc…), refugiándose en la compasión ajena, mediante las quejas y/o la expresión de malestar se transmite una exigencia oculta a los demás, despertando en su interior, un sentimiento de culpa. Son personas que van de mártires por la vida, sin que sus quejas correspondan con la realidad e incluso conlleva una responsabilidad moral.
El victimismo suele esconder experiencias pasadas no superadas. Por tanto, el papel de víctima se basa en culpabilizar a todo y a todos con el objeto de obtener atención.
Desde una visión victimista siempre es el otro el que tiene el problema y uno mismo quien sufre las consecuencias. Victimismo = chantaje emocional y manipulación. 

Características de la persona victimista 


- No dice directamente lo que se desea, sino que se expresa en forma de queja o sufrimiento.
- Cuando no logra alcanzar su objetivo, se desespera, se lamenta y se queja de manera excesiva. En vez de luchar por cambiar las cosas, se regocija y exhibe sus desgracias, describiendo a todos sus desdichas.
- Busca protagonismo, con la pretensión de ser el centro de atención, trasmitiendo pena y forzando la compasión de los demás, mediante lamentos y quejas. Al victimista le gusta mostrarse como una persona a quien le suceden muchas desgracias e injusticias.
- Cualquier hecho negativo que le suceda, lo exagera hasta el punto de que en la mayoría de las ocasiones deforme la realidad, de forma que sobredimensiona lo negativo y llega a perder la perspectiva real de las consecuencias de ese hecho negativo.
- Cualquier mínima ofensa la exagera para mostrar que se siente discriminado con el fin de manifestar que están contra él. Suele pensar mal de los demás.
- Tiene el deseo de sentirse protegido por quienes le rodean y para mostrarlo se muestra débil y desamparado, haciéndoles sentir mal si no consigue su apoyo y protección.
- Para aquellas personas que tienen que soportar de manera constante sus desgracias y lamentos, puede convertirse en un lastre.
- Llegan a convertirse en víctimas de sí mismos, haciendo del sufrimiento su forma de vida.
- Buscan dar pena, suscitar compasión, que se le reconozca que es una persona perseguida por la mala suerte (en todas sus áreas de la vida: amor, trabajo, familia, amigos…) es decir, se presentan ante los demás como una víctima.
- Suelen acometer y criticar a aquellos que no le dan la razón o que no son como él desearía que fuesen, de forma que quien recibe la queja, lo percibe como una exigencia, no pudiendo elegir con libertad. De forma que si accede, puede renunciar a sus deseos o necesidades y si se niega aparece culpabilidad o miedo a que el otro se enfade o lo rechace.
- Se manifiesta de forma abierta (inseguridad), en ocasiones de modo exagerado, con una actitud de “pobre de mí”.
- El victimista siente que él se sacrifica y nunca recibe lo mismo a cambio.
- Se justifica la propia actitud agresiva como una defensa a los anteriores ataques recibidos.
- No sabe asumir las críticas, se ofende y se enoja ante ellas, y sólo ve mala intención, en quien se las hace o cuando tratan de hacerle una corrección.
- Ante un fracaso suele justificar su actitud y culpar a quien le rodea de sus propios errores. Adopta el rol de víctima reconociendo su parte de culpa y reclamando justicia como si fuese él quien ha sufrido las consecuencias de esa equivocación o error. Rechaza cualquier autocrítica y no asume ninguna responsabilidad.
- Ante una discusión o crítica, adquiere una actitud defensiva, ya que considera que la intención de su adversario es ir más allá de una simple discusión o desacuerdo. Considera que le están atacando y que van contra él. 

¿Por qué una persona se siente y/o muestra como víctima? Razones que podrían explicarlo: 

- Táctica del reconocimiento: el individuo suele utilizar el victimismo para llamar la atención, sobredimensionando cuestiones y hechos poco relevantes de carácter negativo. Siendo común que interprete el rol de víctima para que reconozcan sus méritos.
Su actitud no está asociada a patologías graves, sino que es fruto de un aprendizaje con diversas incapacidades y carencias para las que no se han tenido o empleado correctamente, los recursos apropiados de superación.
 El individuo está estancado en la mediocridad, una realidad que percibe de un modo más o menos consciente y que pretende superar con el reconocimiento que sólo consigue, o que cree conseguir, mediante su papel de víctima. Considerando que se puede comprar de alguna forma el afecto, la atención, la compañía, el apoyo, la aprobación, etc. Esta manifestación podría ser consecuencia de una escasa autoestima y/o falta de recursos y habilidades asertivas, cognitivas y un desarrollo evidentemente inmaduro.
- Deformación de la realidad: el sujeto cree que es sólo una víctima del entorno o los demás, por lo que la culpa en todo caso, es siempre del resto. Muestra un pesimismo exacerbado frente a la realidad que le rodea, sobredimensionando lo negativo, recelando de lo que surge a su alrededor y presumiendo de que los otros son injustos y le maltratan.
De esta actitud surge un morboso afán por descubrir agravios insignificantes para sentirse discriminado o maltratado con el fin de achacar a instancias exteriores una supuesta actitud perversa y agresiva que representa todo lo malo que le sucede. De esta forma, su susceptibilidad le lleva a reaccionar con crispación ante la más mínima crítica, elevada inmediatamente a la consideración de grave ofensa.
- Táctica ofensiva: la cual no es en absoluto inocua, sino plenamente consciente y con un afán manipulador que no repara en medios para lograr sus objetivos. Siempre miran hacia uno mismo y no les importa demasiado los daños colaterales causados por su actitud.
El victimismo es un elemento más que utilizan a su conveniencia, no siendo su modo de vida. También suelen estar relacionados con hechos traumáticos, incluso los mismos que el grupo siguiente (táctica defensiva), pero a diferencia de éstos, no esperan un resarcimiento pasivo, sino que están dispuestos a cobrar la supuesta deuda a cualquier precio. Podríamos decir que las personas de este grupo sienten en cierta manera como su dolor o malestar se alivia cuando causan daño a los demás.
- Táctica defensiva:  se caracteriza por individuos que viven en el autoengaño, cuyo victimismo se ha convertido en la razón de su existencia. El rol de víctima está asociado a un negativismo sin concesiones. Todo está en su contra. Su percepción de la realidad está completamente distorsionada y sienten que nada puede hacerse para cambiar esta situación (indefensión aprendida).
Este comportamiento casi siempre está relacionado con hechos traumáticos de diversa índole que no se han podido superar, tales como el abuso sexual en la infancia u otras disfuncionalidades familiares o de carencias de tipo afectivo. Su actitud es pasiva e inconscientemente manipuladora, se vale del chantaje emocional y suele hallarse inmersa en una eterna e inactiva espera, donde la pretensión de que el mundo reconozca su inmenso dolor y la injusticia que se ha cometido con ella, nunca es satisfecha. 

¿Qué hacer para salir del papel de víctima? Tal cambio implica un cambio de percepción: 

1. La visión victimista suele adquirir un sentido cuando se indaga en el hilo conductor de la propia vida. La persona puede preguntarse por qué necesita esta actitud y reconocer de forma honesta qué beneficios obtiene de ella. Quizá le ayude a sentirse más fuerte o protegida, a controlar mejor a los demás, a eximir ciertas responsabilidades, a censurar a otros, a dar una imagen de buena persona.
2. En la actitud victimista no se expresa de modo directo lo que se quiere ni se trata activamente de satisfacer los propios deseos, sino que se espera que se hagan cargo los demás. Al detectar la queja se puede intentar traducirla en palabras más claras, expresando lo que se desea o se necesita y hablando desde uno mismo, en primera persona, en vez de culpar.
3. Evitar la etiqueta permanente de víctima. Se puede ser víctima de una situación, pero ese estado de ánimo tendría que ser pasajero.
4. Utilizar la capacidad de elegir; conviene preguntarse, por ejemplo: “de esta situación, ¿qué es lo que me disgusta?, ¿qué es lo que yo puedo cambiar?, ¿qué peticiones concretas puedo hacer a los demás?…” 

Actitudes victimistas (situaciones) que ayudan para desarrollar el rol de víctima. 

- Haber vivido en un ambiente, donde se nos compadecía constantemente, escuchando comentarios como: “pobrecito, se siente mal”, “pobre, le ponen tanta tarea”, “es injusto lo que le pasa, pero… no se puede hacer nada”, “a …. siempre le pasa algo malo”… El niño escucha y aprende a pensar igual respecto a sí mismo.
- La vulnerabilidad y dependencia de los niños. Debido a la edad, falta de conocimientos y habilidades, necesidad de depender de los adultos, las limitaciones que los mismos imponen, etc., todos los niños se sienten víctimas, en muchas situaciones. Lo cuál sucede a cualquier niño, independientemente de que tenga una vida estable, protegida, feliz… etc. Es parte de las características de la niñez.
Al crecer, los resultados de las diferentes experiencias que vivimos, la educación, los ejemplos que recibimos, etc., hacen que se pierda o disminuyan este tipo de pensamientos y sentimientos o que aumenten y se establezca una actitud de víctima.
- El ejemplo de uno o ambos padres que tenían dicha actitud. Los niños tienden a imitar, de forma inconsciente, las actitudes de los padres y de las personas importantes en su vida. 

Aspectos positivos y negativos de la “autocompasión” 

- El aspecto positivo es que al menos de momento, el dolor disminuye y evita que nos auto devaluemos, ya que reduce el impacto de la culpa.
- Los aspectos negativos, impiden que veamos el problema en toda su magnitud. Se enfoca solamente una pequeña parte del problema, es decir, la parte negativa que nos afecta de forma directa, por lo que no le vemos diferentes soluciones.
Nos aleja de la gente y nos impide resolver nuestros problemas, porque nos mantiene centrados en nosotros mismos: “pobre de mí… los demás me… yo no puedo…
Impide que nos responsabilicemos de lo que nos sucede y que actuemos, porque al culpar a los demás, son ellos los que pueden y deben hacer algo para mejorar la situación. Lo que hace que tratemos de presionarlos y manipularlos con lo que surgen nuevos conflictos.
Nos paraliza, porque sentimos que no podemos hacer nada al respecto, ya que no tenemos ni la capacidad ni el control necesario para resolver la situación”. 

La Publicación de este extracto, no pretende atentar contra los derechos de copyright que puedan pertenecer a su autor,  y quedo a disposición del mismo para borrarlo de mi blog a su primer requerimiento.

 

 

 

 

viernes, 6 de febrero de 2015

Episodio 1: Sobre mi infancia


Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla, ni de un huerto claro donde madurara el limonero, no, porque mi abuela y dos de las hermanas de mi padre, vivían de alquiler en un edificio del barrio de Triana, más o menos en frente de un convento de monjas de clausura, a las que cuando iba por navidades, siendo bien pequeño, me llevaban a visitar, para que disfrutaran las madres de mi natural desparpajo y simpatía, y así poder romper por un rato con su cotidiana y monótona vida de dedicación a los quehaceres espirituales. A mí me gustaba mucho ir, por vivir la aventura de pasar por el torno que separaba a la congregación del mundanal bullicio.
Recuerdo el patio de vecinos de la casa de mi abuela, donde jugaba a romanos con una prima de mi edad, una amiga de ella que me miraba con admiración –cosa que me turbaba-, y de la que no recuerdo el nombre, y con su hermano Antoñito, que, por cierto había nacido sin ano, y le tuvieron que hacer uno artificial. Siempre me quedé con ganas de verle el culo, y en alguna ocasión le expresé esa inquietud a mi tía, la madre de mi prima, quien se escandalizó, como tantas otras veces, con mis cotidianas ocurrencias, y que después de persignarse me quitó de en medio, contestándome con ese particular acento que tienen las gentes de Sevilla:
-Chiquillo, por Dios, ni se te ocurra decirle nada a Antoñito, ¡Pues solo faltaba! Anda sube donde tu abuela, que tendrás que irle a por algo-.
A mi abuela, siempre había que irle a por algo.
De lo que si me acuerdo, y mucho, era del frío de mi casa. Era un frío tremendo, un frío pertinaz, constante y cruel, con el que mantenía mi madre una particular lucha moviendo periódicamente con la badila las brasas del brasero de picón.
También recuerdo, con nostalgia, las noches, después de cenar batata asada con azúcar, sentados alrededor de la mesa camilla, mi padre, mi madre, mi hermano y yo, tapados con las faldas hasta los ojos, esperando que las bolsas de agua caliente que mi madre había puesto en las camas, cumpliesen la difícil misión de calentar algo las sábanas de franela, para podernos ir a dormir sin padecer los desagradables síntomas de la hipotermia.
En ese ínterin, unas veces escuchábamos en la radio el Parte, con su inconfundible sintonía de apertura; programas de máxima audiencia como Ustedes son Formidables o Matilde, Perico y Periquín o algún cuento o historia que nos narraba mi padre, y que yo, escuchaba con los ojos abiertos como platos, a diferencia de mi hermano, que en lugar de prestar atención a la narración, jugaba embelesado con un hilo enrollado alrededor de  los dedos índices de sus manitas, y que chupaba una y otra vez, y lo mordisqueaba, y se lo acercaba a los ojitos, y así todo el tiempo, como una cosa tonta. Como decía mi abuela con ese particular acento que tienen las gentes de Sevilla y al que ya me he referido:
-Chiquillo por Dios, que niño mas bueno, ¡Es que no da guerra, parece un santito!
Mi madre en cambio decía a mi padre:
-Este niño no parece mío, ¡si es que vino con desgana. A este me lo cambiaron en el nido. Para mí que este niño es autista!- Entonces le limpiaba las velitas que colgaban pertinazmente de su naricilla, para evitar que se las comiera.
Mi padre le contestaba a mi madre:
-Mujer no digas esas cosas, que te va a castigar Dios-, y se encendía un Lucky Strike, y se servia anís de una botella que tenía pegada la foto de un mono, en un vasito que llenaba hasta la mitad, y que después acababa de llenarlo con agua, y entonces el liquido que hasta ese momento era transparente, se volvía blanco, y yo me asombraba con esa capacidad de asombro que solo tienen los niños, del cambio de color del bebedizo, y entonces mi padre muy solemne me decía: Bebe de la palomita, que para eso eres el mayor.
Nunca pude comprender que tenía que ver aquel brebaje, que no me gustaba en absoluto, con una cría de paloma.
Recuerdo con especial cariño, de entre todas las imaginativas historias que contaba mi padre, la de la burra extremeña: 

“Después de muchos años de trabajo, un labrador de un pequeño pueblo de Extremadura, consiguió ahorrar lo justo para comprarse un burro.
-El mes que viene es la feria. Iremos el chico y yo a comprar el burro-dijo el labrador a su mujer-.
-¿Y para que quieres tu un burro?
-Para que lo voy a querer mujer, para labrar, para poder llevar tus pestiños al mercado... para lo que lo quiere todo el mundo.
Llegó Septiembre y muy de mañana salieron padre e hijo para Mérida. El camino se les hizo eterno, pero al medio día ya estaban viéndoles los dientes a los pollinos, y contando las mataduras, comprobando que no estuviesen cagadas de moscarda.
Se quedaron con una burra cana, no muy grande, que se les ajusto al presupuesto.
Salieron de la Feria más contentos que unas pascuas. Iban los dos montados en la cabalgadura, a medio trote, y al pasar por debajo de Los Milagros, camino de la carretera de Madrid, se cruzaron con un cura que montaba una mula parda.
-¡Buenos días! –les dieron al cura-
-¿Buenos días? ¡Serán para vosotros no para el pobre animal! ¿A quien se le ocurre ir dos piezas de a quintal en lo alto del burro? ¡No veis que lo vais a deslomar!
Y siguió el cura su camino, y ellos se quedaron allí parados, y pensando.
-Padre, para mí que el señor cura debe de llevar razón, que ya sabe usted que Ellos están leídos, versados y saben de todo. Debería bajarme yo del burro, que soy mas joven y me cuesta menos caminar, y usted que está más trabajado seguir el resto del camino arriba.
Así hicieron, y al poco, según vadeaban el Arroyo de los Mimbrales, se encontraron con la pareja de la Guardia Civil, que estaba abrevando a sus caballerías.
-¡A los buenos días!–dijo el padre-
-Buenos días serán para usted. Seguro que no piensa igual el chico. ¡Vergüenza le debiera de dar!. Usted tan a gusto en lo alto del burro y el muchacho andando, con lo flaco que está, con esas albarcas que lleva que se le deben de llenar de chinatos a cada paso.
Montaron los dos guardias y pusieron rumbo a la feria.
Y allí, se quedaron los dos, pasmados, y pensativos. Entonces el padre argumentó:
-Llevan razón los señores guardias, debes de ir tú en el burro,  que yo estoy mas acostumbrado a caminar. Todas las semanas vengo al mercado a vender lo de la huerta.
Y así hicieron. Les empezó entonces a apretar el hambre y sacaron de la talega media hogaza de pan, queso y algo de patatera que fueron comiendo según hacían camino. No hubieron hecho ni media legua, cuando les alcanzo un caballero sobre un corcel blanco.
-Buenos días señor maestro –saludó el muchacho-.
-Buenos días –respondió el caballero- ¿Qué hacéis tan lejos del pueblo?
De la feria que venimos de comprar esta borrica –contestó el padre-.
- Y a ti ¿te parece bonito ir en lo alto, tan a gusto, dejando que tu padre, con lo mayor que está, que vaya andando? ¡Poco has aprendido de mí en la escuela! Ya  hablaremos mañana -dijo el maestro mirando al muchacho-.
Y picando espuelas puso al caballo al galope.
-Digo yo padre, que deberíamos ir los dos andando, y así seguro que nadie nos dice nada - argumento el hijo con la mirada puesta en el suelo-.
-Pues has tenido buen acuerdo –contesto el padre-.
Se bajo el muchacho de la asna, y así marcharon por un par de leguas, a buen paso. El sol de esa tarde de Septiembre, se hacia notar y el calor empezaba a encansinar las piernas.
-Si quieres, paramos a abrevar en la Fuente del Sarmiento, la que esta en lo alto de la cuesta, y descansamos un rato a la sombra de los chopos. Luego todo es bajada hasta el pueblo.
-Lo que usted diga padre. Mire, se ve gente junto al pilón –observó el chico.
Según llegaban, resollando, y sudorosos y tirando de la borrica, el silencio de la tarde se rompió con las carcajadas de cuatro o cinco picapedreros que se estaban lavando en la fuente.
-Pero bueno, ¡habrase visto pareja más tonta!–dijo uno de los que estaban junto al pilón- pues no vienen que echan el bofe por la boca, ¡y la burra tan fresca!
Y todos se rieron con desparpajo, y ellos ni se atrevieron a parar, y salieron corridos por la cuesta abajo.
-¡Hay que ver padre, que no damos una en el clavo, nadie está contento con lo que hacemos! –Rompió el silencio el chico-.
-Bueno ya veremos que dice tu madre...
La noche comenzaba a caer, cuando llegaban a las primeras huertas, y a la altura del cementerio, surgieron unas sombras, de detrás de las tapias, que sin saber como ni porque, se abalanzaron sobre ellos, golpeándoles, y tirándoles cascotes, y ellos, como podían se tapaban, y chillaban de dolor.
-¡Corra padre, corra para casa, que estos son gitanos con muy mala uva!
-¿Y la borrica? ¡No ves que nos la roban!
-¡Corra padre, corra! ¿Qué mas nos da la burra? Total, si nunca íbamos a acertar con la gente. ¡Nada más que nos ha dado problemas la pollina! ¡A lo peor no nos la merecíamos!
Y siguieron corriendo hasta la casa, y entonces la noche envolvió al pueblo, y la amargura les inundo el alma.” 

Pocas veces aguantaba hasta el final de la historia, y me quedaba dormido, entonces mi madre me llevaba a la cama, como un sonámbulo, me colocaba debajo de los pies cubiertos con unos gruesos calcetines la bolsa de agua caliente, que ya se empezaba a enfriar y me tapaba.
Recuerdo con mucho cariño, que al rato venia mi padre y me volvía a tapar, y me tapaba como jamás nadie me lo ha vuelto a hacer. Y me decía bajito, casi en un susurro: Reza por los abuelitos, hijo, y por que haya paz en el mundo –Tenia mucho miedo a algo que estaba pasando en una isla que se llamaba Cuba- y yo le decía: -Si papá-, y rezaba el Jesusíto de mi vida.
Recuerdo que después me dormía enseguida.
Recuerdo también, por que no decirlo, que me sentía muy feliz y protegido. 



TODO LO ESCRITO ANTERIORMENTE ES FRUTO DE LA IMAGINACION DEL AUTOR. CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES PURA COINCIDENCIA.