lunes, 26 de octubre de 2015

Episodio 14: Sobre las Segundas Partes.



No se como supiste que la locura iba socavando mi agónica existencia, y tampoco sé cómo llegaste hasta mí para ayudarme a restañar las profundas heridas que me había causado el desatino, enjugar mis lágrimas, olvidar el pasado y apacentar mi desbocado corazón.
Solo sé que entraste de nuevo en mi vida, ventilando el enrarecido ambiente que me asfixiaba, Iluminando la oscuridad que envolvía mi patética soledad, y rompiendo las pesadas cadenas que me tenían unido a la mentira, subyugado a la amargura y amarrado a la desesperación.
Y con tu vuelta llenaste una vez más mi casa de alegría, y la música volvió a oírse fuerte y clara entre los gruesos muros que me aislaban del resto de las gentes; y se abrieron de par en par todas mis ventanas, para que entrasen los aromas de aire fresco del jardín, que pronto empezaría a florecer con tu presencia. Y con los nuevos aires, regresaron fuertes y sonoros los trinos de los pájaros, el rumoroso ruido de las copas de los pinos movidos por el frío viento del oeste, y el monótono zumbido de cientos de abejas laboriosas, dispuestas a hacerme con su miel, más dulces mis inapetentes días y mis eternas noches.
Y a partir de ese momento empecé a confiar en el destino, y a tener paciencia; a saber esperar a que mis cosas volvieran a encontrar su sitio entre tus cosas, conviniendo contigo, que muchas veces uno mas uno no siempre daba dos, que en ocasiones el total era de tres o cuatro ¡Pobre Pitágoras!
Y me hablaste después sobre el principio de prudencia, sobre tener la boca quieta; y me ilustraste en cómo escuchar con atención las voces que a pesar de hablar bajito, sabían  decir casi siempre, tantas cosas.
Y aprendí  a leer entre las líneas retorcidas de la vida, y supe por ti que éste mundo estaba lleno de verdades a medias, y que la historia se escribía en ocasiones con tintas invisibles y con plumas con plumines desgastados.
Después, vimos como el Sol comenzaba a brillar de nuevo, si cabe, con mas fuerza; y la luna empezaba a menguar hasta convertirse en lecho desde el que abrazados, y con las almas juntas y la piel desnuda, contemplar una inmensa alfombra de brillantes estrellas, centelleando a nuestros pies.
Entonces acordamos sobre lo sencillo de la convivencia, sobre como pasarle la garlopa a los desmedidos sentimientos, sobre como limar las asperezas y como encajar colas de milano que aguantasen con firmeza los tirones de la incomprensión, y soportasen el paso del tiempo y el desgaste de los años.
Descubrimos también juntos, que no había dos sin tres, que a la tercera podía ir en ocasiones la vencida, y que no era cierto que segundas partes nunca fueran buenas.
Y en esas estamos, amor mío.