martes, 5 de marzo de 2019

Episodio 20 – Sobre lo terrible de la espera




La tarde se había vuelto aún más fría. Se esperaba nieve. El reloj parecía detenido. El silencio, tan solo roto por Hubert Sumlin acariciando mis oidos con el lento swing de Sometimes Im Right. La niebla que cubría todo, se hacía más espesa a mi alrededor, y empezaba a apoderarse de mi, envolviéndome con una agónica sensación de melancólica tristeza.
Llevaba todo el día, toda la semana, pensando en ella, sin apartar la mirada del teléfono, esperando escuchar la estúpida musiquilla que me anunciara que en la distancia su voz y su imagen volverían a aparecer en el endiablado artefacto. ¡Cuánto lo odiaba y cuanto lo necesitaba!
Los recuerdos de tan corta pero intensa convivencia, se agolpaban en mi cabeza, golpeándome las sienes. Las imágenes, los instantes, las sensaciones, los anhelos y deseos, el olor de su piel, el tacto tibio y en ocasiones húmedo de su cuerpo, la caricia de su pelo, su mirada clara, su risa franca, la dulzura de su voz llamándome amor me torturaban hasta la desesperación.
¿Por qué el amor es sufrimiento? ¿Por qué el deseo es tan impaciente? ¿Por qué el placer es tan adictivo? ¿Por qué no puedo dejar de pensar en ella? ¿Por qué la soledad es tan terrible cuando se conoce a alguien como ella? ¿Por qué será que el que espera desespera?
La tarde se había convertido en noche cerrada. Los perros se habían puesto en guardia, y ladraban a todo lo que se movía, aunque juraría que ladraban también para decirme que no estaba tan solo, que ellos compartían mi aislamiento.
Estuve tentado de acompañarme del Gentelman Jack de Tennessee, y abrir el libro en el que se esconde, pero decidí dejarlo para mejor ocasión: cuando ella regrese. Me conformaré con el viejo número siete.
Decia Caetano Veloso en la letra de su afamada La Barca que no concebía que la Distancia fuese el olvido,  y  que  Cuando la luz del sol se fuese apagando Y ella se sintiese cansada de vagar, el la estaría esperando, Hasta que decidiera regresar.
Se terminó el bourbon, y las piedras de hielo perdieron su utilidad y se derritieron en el fondo del vaso. Comenzó a nevar copiosamente. Seguía sentado en el sofá del estudio, canturreando nuestra canción que me recordaba que ella Era mi talla perfecta, que Era la luz de mis sueños, que Era mi mundo pequeño y que lo Era todo para mí.

Miraba angustiado una y otra vez en dirección al teléfono, esperando escuchar la estúpida musiquilla que me anunciara que ya me tocaba estar con ella en la distancia.

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