martes, 17 de noviembre de 2015

Episodio 15: Sobre las idas sin venidas.


Váyase usted señora allá donde el destino la lleve, ese que la hizo venir junto a mi vera, y ese que la arranca ahora lejos de mi lado. Vaya usted señora, a donde le plazca, pero hágame el favor, y siga el camino que le marquen las estrellas.
Vaya usted ahora, en busca de sus sueños, que podrá entender que no son los mismos que los míos, y vaya, y vaya sin parar, sin detenerse y sin mirar que deja atrás, no sea que lo que deja, la haga desandar lo andado.
Vaya en busca de nuevos horizontes, de nuevas aventuras, de nuevas amistades. Vaya usted  en  busca de otras luces, de otros colores luminosos, de otros bosques encantados, abarrotados de Gnomos, Hadas, y Princesas, y de las sutiles mariposas que habitan los abdómenes de los enamorados.
Y vaya usted corriendo, y no me pierda el aliento en la carrera, ni me extravíe de paso la cordura, no quiera la mala suerte, que me fuese usted a confundir el norte, y de paso su destino.
Vaya, vaya; sin pérdida de tiempo. No se me pare a recoger las flores del camino, ni a escuchar el canto de los pájaros. No se me detenga a beber en arroyos de agua clara, ni se me tumbe a descansar a la sombra de los pinos, no sea mujer que se me duerma, y que al despertar no sepa a donde iba.
Vaya envuelta por la niebla matutina, o escondida tras la oscuridad nocturna, esa que mantuvo su rostro tanto tiempo a salvo de las impertinentes miradas escrutantes.
Vaya usted sin despedirse, vaya usted sin preguntarme, vaya usted sin recordarme, pero ciérreme la puerta tras de si cuando se valla, para que no la acompañe la soledad en que me deja, y cuando llegue, cierre también la nueva puerta para que no me oiga llamarla llorando como un niño.
Vaya con Dios amiga mía, pero vaya donde vaya, sepa usted, en confianza, que siempre, siempre, aunque no quiera, me llevará consigo.

lunes, 26 de octubre de 2015

Episodio 14: Sobre las Segundas Partes.



No se como supiste que la locura iba socavando mi agónica existencia, y tampoco sé cómo llegaste hasta mí para ayudarme a restañar las profundas heridas que me había causado el desatino, enjugar mis lágrimas, olvidar el pasado y apacentar mi desbocado corazón.
Solo sé que entraste de nuevo en mi vida, ventilando el enrarecido ambiente que me asfixiaba, Iluminando la oscuridad que envolvía mi patética soledad, y rompiendo las pesadas cadenas que me tenían unido a la mentira, subyugado a la amargura y amarrado a la desesperación.
Y con tu vuelta llenaste una vez más mi casa de alegría, y la música volvió a oírse fuerte y clara entre los gruesos muros que me aislaban del resto de las gentes; y se abrieron de par en par todas mis ventanas, para que entrasen los aromas de aire fresco del jardín, que pronto empezaría a florecer con tu presencia. Y con los nuevos aires, regresaron fuertes y sonoros los trinos de los pájaros, el rumoroso ruido de las copas de los pinos movidos por el frío viento del oeste, y el monótono zumbido de cientos de abejas laboriosas, dispuestas a hacerme con su miel, más dulces mis inapetentes días y mis eternas noches.
Y a partir de ese momento empecé a confiar en el destino, y a tener paciencia; a saber esperar a que mis cosas volvieran a encontrar su sitio entre tus cosas, conviniendo contigo, que muchas veces uno mas uno no siempre daba dos, que en ocasiones el total era de tres o cuatro ¡Pobre Pitágoras!
Y me hablaste después sobre el principio de prudencia, sobre tener la boca quieta; y me ilustraste en cómo escuchar con atención las voces que a pesar de hablar bajito, sabían  decir casi siempre, tantas cosas.
Y aprendí  a leer entre las líneas retorcidas de la vida, y supe por ti que éste mundo estaba lleno de verdades a medias, y que la historia se escribía en ocasiones con tintas invisibles y con plumas con plumines desgastados.
Después, vimos como el Sol comenzaba a brillar de nuevo, si cabe, con mas fuerza; y la luna empezaba a menguar hasta convertirse en lecho desde el que abrazados, y con las almas juntas y la piel desnuda, contemplar una inmensa alfombra de brillantes estrellas, centelleando a nuestros pies.
Entonces acordamos sobre lo sencillo de la convivencia, sobre como pasarle la garlopa a los desmedidos sentimientos, sobre como limar las asperezas y como encajar colas de milano que aguantasen con firmeza los tirones de la incomprensión, y soportasen el paso del tiempo y el desgaste de los años.
Descubrimos también juntos, que no había dos sin tres, que a la tercera podía ir en ocasiones la vencida, y que no era cierto que segundas partes nunca fueran buenas.
Y en esas estamos, amor mío.
 

 

viernes, 7 de agosto de 2015

Episodio 13: Sobre las Puertas del Cielo.




Cuando he ido a darte el beso de las buenas noches ya te habías dormido, estabas lujuriosamente tumbada boca a bajo abrazada a la almohada y con una cara como de no haber roto en tu vida un plato.
Como en un suspiro te he deseado feliz noche y he rozado con mis labios tu mejilla y entonces te has girado lentamente, y como sonámbula me has dicho: Yo también te quiero. Después te has dado la vuelta y has seguido durmiendo.
Me he sentado al borde de la cama, y con la tenue luz que da la lámpara de la mesita, me he dedicado a espiarte con la lascivia propia de un voyeur maduro.
Me gusta observar tu cuerpo desnudo: Voluptuosamente desgarbado. Como el de una chiquilla que aún está creciendo.
Y también  me gusta mirar esos hoyitos que se te forman donde termina la espalda y comienza la parte más deseable de tu anatomía.
Por cierto, has vuelto de Galicia algo más gordita, -cosa que celebro-. Te prometo que lo mantendré en secreto y me haré el sorprendido cuando te pongas a despotricar en contra de la báscula.
Ahora en el silencio de la noche oigo tu respiración acompasada, acompañada de un coro de grillos y de ranas; y entonces la paz me envuelve, y volviendo a contemplar tu cuerpo, el deseo me invade.
Las cortinas de la habitación han tomado vida propia por el viento del oeste, y las empuja, y trata de arrancarlas de la galería. Noto que sientes el frío que entra por la ventana, y la cierro, y te tapo, y te arrebujas bajo las sábanas, y noto que me buscas y que no me encuentras, y que al no encontrarme me llamas muy bajito, como en un susurro y lentamente, muy lentamente, me dejo caer junto a tu lado; y después me abrazas, y después te abrazo, y después, de nuevo, te quedas dormida.
El viento del oeste ahora golpea con insistencia contra el ventanal cerrado. A lo lejos se oye de vez en cuando el canto desgarrador  de una lechuza. La luz de la luna llena, se va apagando entre los negros nubarrones que van invadiendo el cielo, y  más allá de El Alto de la Mora, por Navalespino, el eco de los truenos amenaza con tormenta.
Poco a poco me invade el sueño entre tus brazos, mientras pienso lo agradable que es pasear por la vida cogido de tu mano, aunque sean trayectos cortos, y solo de vez en cuando. ¡Si supieses cuanto tiempo estuve llamando a las puertas del cielo hasta que tu me las abriste!
Mañana, cuando te vayas y me dejes otra vez solo, gritare con tanta desesperación tu nombre, que se me desgarrará de nuevo el corazón y la sangre brotará una vez más de mi garganta a borbotones.
 

jueves, 9 de julio de 2015

Episodio 12: Sobre las noches con Jack Daniel.




Estoy en esa hora bruja, en la que el silencio puede con el ruido. Tan solo se oye el croar de las ranas del estanque del vivero que hay detrás de casa, y de vez en cuando al Horco, ladrando sin mucho afán quizás a algún gato que se ha aventurado a entrar en el jardín.
Me he puesto un “Silver Select” de Jack Daniel, con tres piedras de hielo, y me fijo en que está casi vacía la botella ¡Hay que ver que poco cunde la jodida, con lo que cuesta!
De fondo, bajito, suena “Money” de Pink Floid, que me recuerda que mañana debo de ir al banco a por dinero.
Las polillas han comenzado a entrar por la ventana y se arremolinan volando alrededor de la lamparita que tengo encima de la mesa camilla.
Recuerdo, que hubo una época, no hace tanto, en la que al igual que ellas, me dediqué a volar circundando la luz de una estrellita, y que tan cerca estuve, que casi se me quemaron las alas.
Hoy, por cierto, he rescatado de la papelera un certificado de amor que caducó hace algún tiempo, y que no se renovó por falta de acuerdo entre las partes.
Me sigo acordando, y mucho, del tabaco, a pesar de que hace mas de diez años que dejé el vicio. Ahora sería uno de esos momentos en los que me encendería un cigarrillo, porque me encuentro inquieto. Me suele ocurrir cuando barrunto algún viaje. Tengo ganas de volver por La Coruña.
Paseo a oscuras como un sonámbulo por la casa, con el baso de bourbon en la mano, haciendo girar los hielos y produciendo ese cling, cling tan característico cuando golpean contra la frontera infranqueable del frío vidrio.
Y comienzo a darle vueltas a las cosas, y no dejo de preguntarme: ¿Por qué las llamabas tardes de sexo a las horas que pasábamos en tu trastienda, arrebujados bajo el grueso edredón de plumas del Ikea, tumbados en aquel destartalado sofá rojo, oyendo “If I Could Change your Mind” de Alan Parsons, bebiéndonos la letra, devorándonos los cuerpos, mientras me susurrabas al oído, de vez en cuando; cuanto, cuanto me querías?
Y pensando en otras cosas, y como la vigilia es larga, ahora me vienen a la mente, tantas y tantas noches que pasamos frente a frente, hablando sobre cosas banales que elevábamos a la categoría de trascendentes a fuerza de discutir y discutir sin pausa; hasta que la primera de las Parcas vino a buscarte con la forma del cuarto signo del zodiaco ¿Verdad amigo Alfonso? ¡Cagüen diez qué mala suerte!
El ligero fresco del relente trae olor a madreselva y me recuerda que ando por el jardín en cueros. Un profundo bostezo me invita a ponerme en los brazos de Morfeo. Y se me antoja que con un poco de suerte amanecerá mañana, y que también con un poco de suerte, me tocará vivir un nuevo día.

 

martes, 30 de junio de 2015

Episodio 11: Sobre como me gusta tu ropa.


Cansado ya de dar vueltas y vueltas sobre la cama, a punto de estallarme la cabeza de escuchar el insufrible paso de las horas con ese metálico y machacante tic-tac, tic-tac que no cesa, y medio secos los ojos por haberlos tenido tanto tiempo fijos en el techo, he decidido levantarme.
He calentado un poco de leche que he teñido con café soluble, y a falta de algo mejor que hacer me he puesto a pensar en ti:
He recordado cuando sentado en la silla de enea que compré en el Rastro, y que nunca terminé de barnizar, llevando puesto el sombrero cordobés que me regaló mi padre, y del que tanto te reías porque me quedaba pequeño, solicité tu atención llamándote por tu nombre, y después te canté esos versos de Rafael De León que aprendí de niño:

[...]
Yo de vestíos no entiendo,
 pero... ¿te gusta de veras
 ese que te estás poniendo?
 Tan fino, tan transparente,
 tan escaso y tan ceñío,
 que a lo mejor por la calle
 te vas a morir de frío.

 Te sienta que eres un cromo,
 pero cámbiate de ropa,
 si es un instante, lo justo
 mientras me tomo esta copa.
 Ponte el de cuello cerrao
 que te está de maravilla
 y que te llega dos cuartas
 por bajo de la rodilla.
[...]

Y recuerdo que en lo que te cambiabas de ropa, y entre vestido y vestido que te me fuiste probando, hubo fiesta en la cocina; y corrió el blanco de Rueda de la botella a la copa, y de la copa a tu boca, y de tu boca a la mía donde brotaron mil besos que me supieron a gloria. Y entonces crujió la silla, y el sudor mojó tu cuerpo y mis brazos te estrujaron hasta que te reventé en mi pecho.
Ahora que el día se anuncia por el cerro Calamocho tiñendo de rojo el cielo, y mientras escucho los últimos compases de “Moon River” ¡qué sueño que me está entrando! Un sueño que me ablanda todo el cuerpo, un sueño un tanto sereno, un sueño como de muerte.

 

 

miércoles, 17 de junio de 2015

Episodio 10: Sobre los labios y los besos olvidados.


Y yo puse aquella tarde fría y plomiza del otoño de aquel año mis labios en los suyos, mientras sonaba aquella canción que nos acompaño toda una vida.
Recuerdo que después la pregunté si fue el primero, y entonces me contestó mirándome desde la profundidad de aquellos ojos negros, almendrados y brillantes, que para una mujer el último beso siempre era el primero.
Y después, me pase media vida dándola besos y otra media vida recordándolos, y se los tuve que dar en otros labios, y se los di, de todas las formas y maneras, y en otras tantas bocas bebí de ella, y en otros tantos cuerpos recordé su reciente estrenada pubertad de aquel otoño que empezó a ser mujer entre mis brazos.
Y ahora se me vienen a la mente aquellos versos que cantó el ilustre poeta Gaditano Rafael Alberti.

“Huele a sangre mezclada con espliego,
Venida entre un olor de resplandores.
A sangre huelen las quemadas flores
Y a súbito ciprés de sangre el fuego.
Del aire baja un repentino riego
De astro y sangre resueltos en olores,
Y un tornado de aromas y colores
Al mundo deja por la sangre ciego.
Fría y enferma y sin dormir y aullando,
Desatada la fiebre va saltando,
Como un temblor, por las terrazas solas.
Coagulada la luna en la cornisa,
Mira la adolescente sin camisa
Poblársele las ingles de amapolas”. 

Y ahora, de no juntar mis labios con sus labios, la fuente de los besos se me está secando, y el recuerdo de su fresca pubertad de niña y luego de mujer se me está yendo poco a poco de la mente.
Y hoy sé que los besos que no se dan, o que se guardan, o que se olvidan, terminan por llenar el alma de tristeza. 

viernes, 29 de mayo de 2015

Episodio 9: Sobre los fantasmas del pasado


Y ¿Cómo pudiste rodearte de pechás de insustanciales personajes, buscadores de coplas, del ole tú y de la pandereta; o de ignominiosos charlatanes solidarios del corta y pega?
Tú, que quisiste ser el vivo exponente de lo mejor de cada casa, y que llevaste a gala tu intención por las honorables actitudes, ¿Por qué te afanas en mendigar falsos afectos, reconocimientos y amistades?
¿Por qué, quizás sintiendo un descabellado despecho te prodigaste en el servil arte de la seducción a cualquier precio, incluso con la disposición de perder el preciado valor de la dignidad de mujer, parapetándote tras el derecho a la feminidad, en contra del pensamiento que tanto defendiste, entre otras de Virginia Despentes: "La feminidad es el arte de ser servil. Podemos llamarlo seducción y hacer de ello un asunto de glamour. Pero en pocos casos se trata de un deporte de alto nivel. En general, se trata simplemente de acostumbrarse a comportarse como alguien inferior"?
¿Qué pretendes demostrar o demostrarte con tus años? ¿Qué vives tu segunda pubertad?
¿Por qué ahora me pides que borre tu imagen y tu nombre? ¿De donde?
¿Quizás te refieras a esa imagen colgada en tu portada, de vulpes arrebujadas y asustadas guardando la entrada de su virtual zorrera? Pero esa imagen, como sabes, yo no puedo hacerla desaparecer, porque solo es tuya. Yo no he sido el autor de esa instantánea, y nunca he tenido acceso a ese fichero.
Y si te refieres a que no vuelva a crearte mundos de la nada, a inventarme pasados,  a proyectar futuros y a construir historias comunes, ¿Recuerdas? Pues puedes estar tranquila, ya no soy capaz de hacer tal magia. Esa virtud la perdí cuando me comenzó a desaparecer poco a poco el amor, la entrega y la pasión, y se me fue pegando al alma la mentira, la sinrazón y la locura.
Convendrás conmigo en que los fantasmas del pasado no siempre son como los recordamos; a veces vienen arrastrando pesadas cadenas, con las que tratan de envolvernos para intentar arruinarnos el futuro.